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Para frotarse los ojos

05 Nov

ROSENBORG, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 2

Medio metro. Por lo menos. Era la distancia entre Agüero y el último defensa. Entre el Kun y la espalda de ese último defensa, se entiende. Un fuera de juego como una catedral que nos puso por delante en el minuto cuatro o así. Antes, Simao y Raúl García nos habían dejado el mejor cambio de banda en lo que va de temporada. De ahí al centro, a la ceguera del árbitro y al gol. Son así de malos, aquí, allá y acullá. Claro que cuando nos son torpemente favorables, duele menos.

Fue marcar el gol y empezar la siesta a la espera de un latigazo del Kun o de Costa, a lo tonto modorro el único jugador que ha estado en todos los partidos del Atleti este año. Alguna tuvimos, pero insuficiente. O no atinábamos nosotros o atinaba Örlund. Nombre de vikingazo para un portero sueco. Todo queda, más o menos, en casa.

Y nos confiamos. Nos confiamos tanto que cuando el lobo empezó a soplar, la cuatro paredes de cartón con las que Quique sostenía al equipo, se fueron al carajo: Henriksen metió el empate en una jugada en la que se juntaron nuestras habituales angustias defensivas con una insospechada cantada de De Gea. El Rosenborg se lo creyó y entre unos y otros nos acabaron dando la tarde.

Sin jugar ni a la chapas, con la clasificación chunga de cojones, el Madrid asomando la patita y el porterazo que encontramos en Illescas completando su cupo anual de fallos con una salida absuda a controlar un balón en la banda. Le quitaron la pelota, claro, y supimos que la derrota, la debacle europea y hasta la goleada en Chamartín iban a ser cuestión de que pasara el tiempo.

Si la esperanza es lo último que se pierde, el Atleti no tenía nada en el petate desde el minuto en el que Quique quitó al Kun y sacó a Forlán. A su sombra. A esa sombra que nos es peligrosamente familiar y que aún contemplamos con la esperanza de que cualquier día arranque. No puede ser que a Forlán se le olvide jugar al fútbol. Ni siquiera puede ser que se le hayan quitado las ganas. Justo eso que pareció cuando, en una cruel fotografía mental, todos lo vimos quejarse por no haber recibido el pase mientras la pelota entraba en lo que ya era uno de los goles del año: Tiago.

Porque Tiago marcó un gol de los de frotarse los ojos. Como los héroes, rescató a la chica cuando todo estaba a punto de estallar. El portugués cogió el balón en el medio campo, se fue de dos defensores, a otro más se lo quitó de encima con un caño, miró a portería y desde 25 metros, con ese último impulso del que no da más de sí, le pegó seco a la escuadra. La pelota entró, pasar de ronda es ahora todo lo fácil que para el Atleti pueden ser las cosas fáciles y hasta Forlán fue a felicitarle por el gol. Apenas tardó una décima de segundo de más en darse cuenta de que había visto una obra de arte. No es mal chico, sólo son cosas del hambre desmesurada.

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Publicado por en 5 noviembre 2010 en La pelotita

 

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