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Amanece, que no es poco

ATLÉTICO DE MADRID, 3 – MALLORCA, 0

Le robo vilmente a Cuerda el título de una de las escasas películas que me sé de memoria porque veníamos de una noche negra como la boca de un lobo y después de este Mallorca ya se ve. A lo lejos, pero se ve. Y eso aquí es un mundo.

Es mentira que el miedo sea libre, lo tenemos encerrado en el Calderón para que no nos lo quite nadie: 45 segundos de partido y el Mallorca ya nos estaba acojonando con un tiro desde, más o menos, Son Sant Joan. Veníamos de una semana en el averno y nos esperaba la condenación eterna, que es ver a este equipo jugar contra el Mallorca según nuestro pasado reciente.

Cada uno a lo nuestro, ellos hacían fútbol y nosotros recuento de bajas. Sin Agüero, que son todas, Elías debutaba en el Calderón, Juanfran estaba en el banquillo y Quique se la jugaba con una alineación que era un 4-3-3 que se convertía en 4-5-1 o que podría ser un falso 4-4-2 y así todas las variantes posibles.

Entonces el partido se rompió. Por el sitio más inesperado. Nadie hubiera podido imaginar que la apuesta de Quique para la banda derecha, el titular más discutible de este equipo con tantas cosas que discutir, abriera el marcador. Juan Valera aprovechó su 1,84 para rematar un córner a gol. El quinto en sus seis años en Primera división. Uno ve cosas como estas y no sólo piensa que es posible remontarle al Madrid, es que está convencido que lo de Mónica Bellucci es porque no se ha puesto a ello.

Valera nos colocó por delante y Valera estuvo a punto de darnos la tarde al rato, cuando sacó un balón más con la mano que con el cuerpo de nuestra área. Medio Mallorca se dedicó a protestar, el otro medio a intentar parar a Reyes, Mérida y Forlán; un ejército que se les venía encima. El primero se llevó un manotazo en la cara, el segundo recogió el balón y dio uno de esos pases por los que nos lo trajimos del Arsenal. Forlán, marcó efectivo como siempre y lo celebró cabreado con el mundo, como últimamente.

Habíamos cerrado un partido que, no crean, a priori no parecía tan fácil. Y cerrado lo tuvimos hasta que Antonio López logró lo que a Valera se le había escapado: penalti, expulsión y medio Calderón temblando. Es lo que tiene alinear a dos laterales de confianza, sabes que al menos uno no te va a fallar. El que tampoco lo hace, pero este absolutamente en serio, es David De Gea. Porterazo y opositor a la selección digan lo que diga quienes dicen. Tiró Webó para regalarnos 20 minutos de pesadilla y salvó David, que lo dejó todo en su sitio y al Mallorca con cara de se acabó lo que se daba. No era su primera gran parada del partido, pero sí esa que uno se lleva para casa tan contento, como el niño con el cromo que llevaba tiempo buscando.

El resto fue un puro trámite en el que se coló una patada criminal de De Guzmán a Juanfran. El primero se fue a la ducha, el segundo, al poco de recuperarse, inició una jugada que los asombrados pies de Diego Costa pusieron perfectamente a Reyes. El sevillano, obligado a asumir lo que pueda del abismo que deja Agüero, marcó el tercer gol y nos acuesta convencidos de que con un 3-0 hasta nos sobra uno. Y el Mallorca también iba de blanco. No les digo ná y con eso se lo digo tó.

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Publicado por en 18 enero 2011 en La pelotita

 

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No tenemos remedio

Si alguien llegó en el minuto 45, y alguno a punto estuvo, no se perdió nada. Bueno sí, se perdió que el Bayer jugó sólo un poquito más que el Atleti, que tiró a puerta infinitamente más y que se fue con un gol que podían haber sido diez o ninguno. Plantear el partido sin el Kun, que sigue tocado (y Ujfalusi, dos partidos de sanción y Messi echando carreras por Kazan… y todo eso) ya nos condenaba a aburrimiento. Con Forlán otro día más dimitido y Raúl García dando diez de arena por cada una de cal, nada tenía buena pinta. A Diego Costa la habilidad futbolística, como en la mili, se le sigue suponiendo.

Cero a uno, después de un rechace y un descanso de bocata con sabor a esto no lo levante ni Dios. Sorpresa general cuando Quique dejó sentado a Forlán por Mérida y alivio al ver que había hecho lo mismo con Raúl García y Tiago. El portugués puso varios pases excelentes, sobre todo a ese cada vez menos inesperado socio que es Ujfalusi. Mérida estuvo fallón muchas veces, eléctrico otra y acabó provocando un penalti, penaltito, que permitió a Simao empatar.

Se nos cambió la cara. Durante 25 minutos creímos que aquello tenía arreglo, el Bayer se asustó y el partido se convirtió en un mónologo atlético y feliz. Con Ujfa y Felipe Luis achuchando por las bandas y un Assunçao que son diez o doce futbolistas. Está en todas y, encima, deja la sensación de acabar el partido con fuelle para hacerse una maratón.

El empate apenas nos sirve para nada, pero, por lo menos, nos dejó salir del campo con cierta cada de satisfacción: esa que teníamos desencajada cuando a falta de nada, un alemán falló solo, solito, solo un remate a puerta vacía. Un punto de seis y la obligación de ganar prácticamente todo lo que queda. Ya tenemos la UEFA donde queríamos. Lo que no tenemos es remedio.

 
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Publicado por en 1 octubre 2010 en La pelotita

 

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El señor Pandur y un imbécil de Burgos

Esta es la historia de un viaje que ha durado dos años, 730 días, rato arriba rato abajo. Empezaba el verano de 2007 y Misanta y yo acordamos con otra pareja ir al Festival de Teatro Romano de Mérida. ¿A ver qué? Lo mismo daba. Total, será un clasicazo y sólo por ver el espectáculo que es el teatro en sí, merecerá la pena. Posibles, por fechas y demás: Los Persas, con Natalia Dicenta (familia de actores, buena reputación) de prota, y Lisístrata, con Míriam Díaz Aroca (participante en Mira quién baila, presentadora de Desde Lepe con humor). Oh, cielos. Sin pensarlo, de cabeza a Los Persas. Viaje, hotel, comidas, entradas… una pasta.

Que la región más pobre de este país (nosotros, que vivimos entre piedras, cabras y yerbajos) lleve 55 ediciones de un festival en el que hay hostias para actuar y hostias para verlo, sinceramente, me pone un poco orgullosito.

Entrar en el teatro romano un día de función es casi mágico. O mágico del todo, qué coño. El ambiente, la iluminación, la música… todo te transporta dos mil años atrás. 9 d. C. y tú, todo pequeño e ilusionao, camino del teatro.

En eso que, sonrisa bobalicona en ristre, miras al escenario y… ¿qué cojones hace un autobús carbonizado ahí? ¿aquello de arriba no será una batería con sus platillos y todo, verdad? ¿por qué hay una bandera de Españaza en mitad del medio? Nos mirábamos con esa esperanza del que mira en los bolsillos y no encuentra nada: después de esto, lo que venga sólo puede ser mejor.

Nos equivocábamos, claro. La primera escena ¿ofrecía? a un ¿caballero? vestido de legionario y cantando, evidentemente, soy el novio de la muerte. Dos mil años de guerras, saqueos, terremotos, olvido y recuperación milagrosa de un teatro Patrimonio de la Humanidad para que ahora aparezca un tío vestido de militar con una versión rock del himno de la legión. Guitarras eléctricas incluidas. Ya puestos a hacer el cafre, lo hacemos a base de bien.

Escarmentados, esta vez ni se nos ocurrió aquello de que no podíamos empeorar. Y ahí sí, con un poco de pasta en el bolsillo y alguien dispuesto a aceptar la apuesta, nos hubiéramos forrao: El resto de la obra fue un demencial carrusel de monólogos, canciones absurdas, gritos, muchos gritos (que se note que estamos haciendo teatro) y números de la cabra como el del fulano que, en una escena que marcará un antes y un después en el arte contemporáneo, sacudía una bandera (de Españaza, otra vez) con la polla. Solteras patriotas e histéricas del mundo (perdón por el pleonasmo), aquí tenéis vuestra despedida soñada.

Teóricamente, todo aquello era un alegato contra la guerra. Escaso éxito tuvo el invento: el personal acabó con ganas de incendiar cualquier cosa con aspecto combustible en la ciudad. Muchos salieron cuando se pusieron de acuerdo dos de sus sentidos, el común y el del ridículo. Nosotros no hicimos demasiado caso los nuestros y logramos llegar hasta el final. Eso sí, abandonamos aquel sitio mágico como se abandona la consulta del dentista: de una sobrenatural mala leche y acordándonos de todos los muertos del responsable del mal rato que habíamos pasao.

Fuera, entre instintos asesinos y lamentos quejumbrosos, logramos enterarnos del responsable del engendro.

Lo que es el arte contemporáneo, no chirría para nada.

Calixto Bieito se llama. Si lo ven, salúdenlo de mi parte.

Es lo que tiene no ser lo más cool de lo ya de por sí cool. Que uno no sabe de qué palo va un tío con nombre de canción de Sabina y apellido de honrado ganadero gallego. Y el fulano resulta que va de provocador por la vida. Llevo tres años siendo abonado del Atleti. Que no me vengan ahora contando lo que es un espectáculo provocador.

Durante dos horas el tal Bieito intentó escandalizar (porque él es así, calvo y escandalizador) sin mucho sentido y con frecuentes recursos de tetaculopedopisismo. Siglo XXI, les recuerdo, la época en la que un niño de 10 años pueden encontrar toda la dosis de tetas, culos, pedos y pises que desee en medio minuto de google. Al final, acabó por demostrar lo obvio: una mierda en el museo del Prado, no deja de ser una mierda.

Pese a este (largo) y trágico precendente, esta semana volví a engañar a Misanta. Objetivo: Medea. El País la ponía por las nubes… lo que tampoco es para fiarse mucho. Tras conseguir milagrosamente hotel, sábado por la mañana, a ello vamos. Aquellos que, en un arrebato de insensatez, me agregaron en el twitter, sabrán que la escalada de pánico subía según comíamos kilómetros. Ay, ay, ay.

Mientras recorríamos la calzada (2000 años, sin sacar el calendario) hacia las gradas, las mismas fantásticas sensaciones de siempre. Al entrar, un enorme alivio: no había ningún chasis herrumbroso en el escenario. Tampoco bandera alguna. Bien. Coño. Bien. Lo único, toda la escena cubierta de paja, bien desperdigada, bien en pacas formando un muro y una especie de laberinto. Todo integrado. Todo mostrando respeto por un edificio que lleva desde poco después de muerto Viriato aguantando lo que no está escrito. Para que luego venga un gilipollas de Miranda de Ebro a ponerse intenso.

Esta vez no había gilipollas, lo que había era un señor esloveno llamado Tomaz Pandur que ha logrado que Medea sea a la vez mito griego y cualquier tragedia de hace nada. Te la crees. Y te los crees a todos. Blanca Portillo está espectacular. Asier Etxeandía, Julieta Serrano y Alberto Jiménez, también. El conjunto es sobrecogedor y salvo por detalles insignificantes como ese cigarro final de la Serrano, todo tiene sentido.

El texto es impecable, incluso brillante (“las ideas siguen vivas mientras haya alguien que se oponga a ellas”). Y el final, aunque en un primer momento pueda descolocar, dos segundos de reflexión más tarde acaba reconcilándote con la vida. Y con el Festival de Mérida.

Es lo que tenemos los poco modernos: nos gusta ir al teatro para terminar aplaudiendo. Felices.
Menéalo

 
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Publicado por en 30 agosto 2009 en Perdiendo el tiempo

 

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